Agosto de 1991,
Czestochowa, Polonia.
Qué
recuerdos tan entrañables me trae a la memoria esos días. Fui con papá, Juan
Pedro y Lucía. El motivo: "encuentro de la juventud con el Papa"; el
impacto fue tal que volvimos en 1993 esta vez también con Blanca y varios años
después repetimos de nuevo todos con mamá y Gabriel.
Llegamos el
día 13 de agosto procedentes de Cracovia, ya allí se veía un alboroto inusual,
gentes de todas las partes del mundo, con banderas y cantos, camino de
Czestochowa. Aparcamos e iniciamos el ascenso al santuario de la Virgen Negra,
Virgen de Jasna Góra. Oleadas de visitantes subían la colina desde la ciudad.
Canciones religiosas envolvían a los transeúntes. Mucha gente subía rezando el
rosario como nosotros, por la
avenida principal, estaba abarrotada de gente de todas las nacionalidades, y
entre misterio y misterio cantábamos: “Te saludamos blanca paloma, te saludamos
Madre de Dios, te saludamos Reina del Cielo, Virgen María de corazón. Aquí
estamos otra vez para decirte que te queremos otra vez, para cantarte por
sevillanas otra vez, para llorar ante tu mirada. Te pedimos otra vez que nos
concedas la gracia otra vez de volver a besar tus plantas otra vez, de llorar
ante tu mirada. Enamorado de tu sonrisa, ...” Según subíamos las gentes del
lugar nos saludaban y chocaban nuestras manos.
A mitad de
altura, en la ladera de la colina, se alza la iglesia de Santiago, junto a un
asilo de niños huérfanos y un cementerio, allí oímos misa cuando hicimos el último viaje con mamá y Gabriel.
Seguimos subiendo hasta llegar a la colina.
El bosque
que envolvía a la colina fue en su día talado y así alrededor del Santuario
había una gran explanada abarrotada de gente de todas las clases y
nacionalidades. En su principio, había un crucero con la imagen de la Virgen,
allí todo el mundo se arrodillaba al llegar, y rezaban, nosotros así lo
hicimos, queríamos rendir homenaje a Nuestra Madre y ponernos bajo su
protección; Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo...
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora
de nuestra muerte...Madre ayúdanos. Permanece junto a nosotros hoy y mañana,
ayuda a nuestras familias, concédenos la paz en nuestras vidas, solo te pedimos
que no nos abandones, y nos lleves de la mano como hasta ahora lo has hecho.
Gracias Madre por estar aquí contigo, gracias.
Miles de
peregrinos acampaban allí, nosotros lo hicimos al año siguiente, con las
tiendas frente al Santuario, nos despertó la primera misa de cinco de la mañana
en la explanada. La marea de visitantes inundaba la explanada, todo el mundo estaba
demasiado absorto en sus rezos, no había cámaras de fotos, vídeos, turistas:
solo peregrinos rezando. Miles y miles de personas vienen a rezar y a venerar a
la Madre de Dios. Rezamos mucho, pensamos que si pedimos algo bueno, Dios nos
lo concederá. Pero el Señor sabe mejor que nadie lo que nos conviene.
Estábamos
llegando a la puerta que conducía a la iglesia, hay que tener en cuenta que ese
santuario, fue antiguamente fortaleza, muchas tropas enemigas han tratado de
asaltarlo y nunca lo consiguieron. Así que todo el santuario está rodeado por
grandes muros. Dos corrientes humanas se encontraban allí, una en dirección al
templo y otra saliendo de él. Por fin, logramos hacernos paso
hasta la capilla. Los que llegaban hasta la Virgen caían de rodillas y rezaban.
Contemplé el rostro de la Señora, refleja una misteriosa calma, dos marcas
tiene sobre la cara, son sablazos que un turco dio a la Señora. Las voces, los
sollozos, uno no se distrae, nadie se da cuenta de lo empujones. Hicimos un
rato de oración, yo miraba a María, y Ella me miraba, eso es todo. Ella es la
esperanza de todo. Pensaba que me decía: Nada temas. No tengas miedo. Yo estaré
a tu lado siempre, todos los días de tu vida, luchar sí, tendrás que luchar,
pero vencerás.
Después de
este primer encuentro con la Virgen, salimos del santuario, aparcamos la
furgoneta convenientemente, cenamos y paseamos por la ciudad, donde cada vez
llegaba más gente, hay que tener en cuenta que la llegada de los peregrinos no
paró en ningún momento, a cualquier hora del día o de la noche llegaba gente al
santuario, muchos grupos parroquiales venían con el cura al frente. Mucha
gente, yo diría que la mayoría era joven.
Hasta bien
avanzada la noche estuvimos recreándonos con el ambiente, gente cantando,
rezando, con las banderas extendidas frente al aire, de muchos países, recuerdo
cuando llegó un grupo de la Unión Soviética y se junto con otro de Estados
Unidos, qué emocionante todo. Llegaron gente de infinidad de países con sus
banderas, pero el que más presumía era mi hermano Pello con la bandera
española. Al año siguiente fuimos con la española y la icurriña.
Nos
encontramos con gente de Sevilla que conocíamos, D. Pedro Talavera, Rafael
Casado,y otros. Antes de acostarnos fuimos de nuevo a visitar a la Virgen, la
capilla estaba en silencio, abarrotada de gente. Bendecidnos, Madre, que has
aprendido a querer tanto; nunca olvidaremos estos días, no nos abandones, no sé
cuánto tiempo estuvimos rezando, al salir tarde ya, nuestra sorpresa fue la
entrada continua de peregrinos, los confesionarios llenos de gente, es más,
afuera, en el atrio, conté hasta ocho confesionarios, donde las colas eran de
quince y veinte personas que esperaban, la verdad era emocionante.
Nos
acostamos tarde, al día siguiente, mi padre fue a una iglesia, cuyo nombre no
recuerdo, donde celebró la misa el prelado del Opus Dei, D. Alvaro del
Portillo. Después nos dirigimos hacia el santuario, también llena de gente,
llamaba la atención la cantidad de soldados que participaban en los servicios
religiosos y se juntaban a rezar junto a la Virgen. La idea era coger sitio
para el encuentro de la juventud que, a la tarde, tendría lugar con el Papa.
Ya a media
tarde, el papamóvil se dirigió a Jasna Góra por la larga avenida que Karol
Wojtyla conocía tan bien. La gente no paraba de gritar.
El Papa llegó a la
explanada y subió los escalones que conducían al santuario, los cánticos y las
alabanzas no cesaban. Una y otra vez, el Papa se volvió y alzó los brazos en
gesto de gratitud. Tuvo entonces lugar en encuentro de oración, cantos y
alabanzas a Dios y a la Virgen, el Papa y los jóvenes peregrinos procedentes de
todos los rincones de la tierra, especialmente de polacos. Caía la noche -una
de las noches más cortas del año- cuando se dirigió a nosotros. En otra ocasión contaré
lo que nos dijo, se despidió agitando las manos incansablemente, una y otra
vez. Al día siguiente, fue el acto principal, la Santa Misa desde la misma
explanada, emocionante y único, el encuentro es indescriptible, hay que estar
allí para saberlo.
Por la
tarde, ese día 15 de agosto, iniciamos el regreso a casa, antes fuimos a
despedirnos de la Señora, necesitábamos despedirnos de la Virgen, Ella, a la
que se le puede ofrecer todo: penas, alegrías, sufrimientos, esperanzas,
debilidades y anhelos, ¿acaso no es Ella el camino más corto para llegar a
Jesús, un camino accesible a cualquiera? Qué nostalgia, salimos ya camino de
casa. Cuando
atravesábamos algún pueblo, rubios niños campesinos salían de las casas y nos
saludaban agitando las manitas. Nosotros agradecidos por eso saludos y por todo
lo acontecido en Polonia, rezamos el rosario entrando por las estribaciones de
los Cárpatos en Checoslovaquia. De allí atravesando media Europa y dando
gracias a Dios, llegamos a casa.